A veces el orden es necesario. Ayuda, organiza, simplifica, previene, anticipa.
Otras, es asfixiante. Limita, inhibe, suprime, acota, ata.
Y no siempre es simple y claro distinguir cuándo una de esas acciones ayuda o perjudica. Acotar puede ser beneficioso, si es dentro de ciertos rangos, y simplificar puede implicar dejar de ver otras alternativas posibles y valiosas...
Y cuando todo esto llega de manera impuesta, a demanda de un otro, que tal vez no mide ni atiende a necesidades, las connotaciones negativas se hacen más evidentes. El orden personal, propio, íntimo, siempre es recibido con los brazos (aunque sea un poco) más abiertos.
De ese orden obligado, percibido como arbitrario, innecesario, se acuerda Manuel Vilas al repasar su niñez, según cuenta en Ordesa:
Me atormentaban esas extrañas operaciones matemáticas. Las divisiones me parecían de una complicación infinita. Eran leyes, había que aprenderse las leyes que regían en el mundo: las leyes de la división, la multiplicación, la suma y la resta.
Pero esas leyes que parecían ser inxplicables y lejanas también le daban, sin que él lo note, la seguridad necesaria para desear, en la primera frase del libro:
Ojalá pudiera medirse el dolor humano con números claros y no con palabras inciertas.
En el ámbito de las ciencias es tal vez la matemática la que muestra con mayor desinhibición la rigurosidad de sus leyes, que constituyen los pilares sobre los que se levanta toda esa impresionante construcción del intelecto humano. Y es esa misma rigurosidad la que suele volvérsele en contra en la imagen pública, por parece rígida, inflexible, fría, y cómo no, calculadora.
Suele contraponerse el orden de las leyes, todas, a cierto vivir despreocupado, como dice el autor, que debía aprenderse las leyes que regían el mundo. Pero las leyes no existen solo en matemática, ni en ciencias. Existen en este mundo, en la vida de las personas y las organizaciones, en niveles micro y macro, y conocerlas, entenderlas, y aprender a usarlas puede ser la diferencia entre alcanzar un objetivo, o solo desearlo.
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martes, 10 de septiembre de 2019
jueves, 4 de julio de 2013
Numerables
Desde que Georg Cantor definiera el concepto "numerable" poco antes del 1900 en Rusia, tenemos esa manera elegante de decir algo simple. Un conjunto es numerable cuando sus elementos pueden ponerse en correspondencia uno a uno con el de los número naturales (o un subconjunto de él). ¡Cuando sus elementos se pueden contar!Si bien la definición matemática es bastante rigurosa, es fácilmente aplicable mientras no se la lleve a extremos forzados.
Y aunque poco nombrado y poco visible, es un concepto habitual en nuestras vidas, que ponemos en juego cada vez que contamos (numeramos): los dedos de una mano, las velas de una torta, las butacas de un teatro, las habitaciones de un hotel (aunque sea el de Hilbert).
Y esto tan cotidiano es lo que incomoda a Johnny Carter, el protagonista de "El perseguidor", de Julio Cortázar:
- Tú no haces más que contar el tiempo -me ha contestado de mal humor-. El primero, el dos, el tres, el veintiuno. A todo le pones un número, tú. Y ésta es igual.
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